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viernes, octubre 12, 2012

Día de la Hispanidad y una anécdota del carlismo argentino


A fines de 1903, El Legitimista Español, periódico carlista argentino animado por Francisco de Paula Oller, lanzó la idea de que en alguna buena plaza o parque de la Ciudad de Buenos Aires se levantase un monumento escultórico dedicado a Isabel la Católica, la gran Reina española que fue autora moral del descubrimiento y evangelización de América.

Desde entonces, la Redacción del diario no tuvo reposo hasta lograr que otros periódicos adoptasen la idea. Un año después, quedó conformada una Comisión Pro Monumento a Isabel la Católica que contó entre sus filas a prominentes diputados, senadores y diplomáticos. Finalmente, el Sr. Oller logró una entrevista con el presidente Manuel Quintana quien accedió a ocuparse del asunto.


Fue así que, durante el período legislativo 1905, tras los trámites parlamentarios y legales de rigor, el Congreso de la Nación sancionó con fuerza de ley la autorización para "la erección en la capital de la República, de un monumento conmemorativo del descubrimiento de América y sus promotores".

La noticia fue festejada por los carlistas y patriotas, argentinos y españoles, a ambos lados del Atlántico. Se proclamaba así el afecto del Nuevo Mundo a la Reina Católica que, con sus alientos y protección a Cristóbal Colón, logró el descubrimiento, la evangelización y la conquista del mismo para la Civilización Cristiana.

Don Francisco de Paula Oller recibió merecidos elogios de la prensa carlista y tradicionalista de toda América y la Península Ibérica por este logro de la causa.

Se hicieron varios bosquejos y proyectos, sin llegarse a acuerdo, y lamentablemente los planes fueron atrasándose. Tampoco la situación económica, generada por la crisis sobrevenida en aquel tiempo, ayudó.

En el medio se levantaron otros monumentos, como el de Colón (detrás de la casa de gobierno) y el de los Españoles Residentes en el País por el Centenario del 25 de Mayo 1810 (en el cruce de las avenidas del Libertador y Sarmiento). El primero parecía haber cumplido con la celebración del descubrimiento pero, como indicaron los medios tradicionalistas, el proyecto de El Legitimista Español era celebrar a la gran Reina de Castilla, sin cuyos auxilios la empresa colombina hubiese sido imposible. El segundo, por otro lado, agotó las arcas de la colectividad española en la Argentina.

Finalmente, el escultor Arturo Dresco, encargado del trabajo en 1910, concluyó su obra, que fue inaugurada el 12 de octubre de 1936 y se la conoce como Monumento a España sobre la Costanera Sur, en ese entonces lugar en pleno auge, donde los porteños pasaban sus fines de semana y bañaban en las aguas del Río de la Plata aún no contaminado. Para quien desee visitarlo, el grupo escultórico se encuentra en la Avenida España 2400, sobre la plazoleta Ciudad de Salamanca.

Quizá el monumento no sea exactamente lo que sus promotores carlistas más de treinta años antes pensaban, pero igualmente es de una belleza sublime. Dresco buscó con su obra "compendiar un pedazo de historia hispanoamericana que podría ser la del descubrimiento, la conquista, la colonización o el virreinato".

Se trata de una gran base de granito colorado, con la frase "Fecunda, Civilizadora, Eterna", grabada en el centro. Sobre este basamento se apoyan veintinueve personajes históricos. En el centro abajo está Cristóbal Colón arrodillado frente a la reina Isabel la Católica en un gesto magnífico bendiciendo el proyecto.


En lo más alto del grupo encontramos dos esculturas que representan a una joven de pie, la Argentina, y a una mujer madura sentada, su madre, España. En el lateral que mira al NE está el explorador Juan Díaz de Solís, descubridor del Río de la Plata y fundador del primer asentamiento en estas cosas, el fuerte de Sancti Spiritus. En el lateral que mira al SO está el gran Fernando de Magallanes, quien exploró en su viaje de circunvalación las costas de la actual Provincia de Buenos Aires y de la Patagonia.

En la cara que mira hacia el NO, tenemos sobre el ala NE al explorador Alvar Núñez Cabeza de Vaca,  al caudillo Domingo Martínez de Irala, al fundador Jerónimo Luis Cabrera, al explorador Sebastián Elcano y, sentado, al cronista Martín del Barco Centenera. En esa misma cara, pero sobre el ala SO, se encuentran el explorador Sebastián Gaboto, el Padre Bartolomé de Las Casas consolando a una aborigen que se arrodilla a sus pies, a los fundadores Juan de Garay y Pedro de Mendoza.


En la cara que da al SE: tenemos sobre un ala a los virreyes Juan José de Vértiz y Pedro de Cevallos,  a San Francisco Solano junto a un niño indígena y al caudillo gobernador Hernandarias de Saavedra. Sobre la otra ala, el Padre Fernández junto a un niño indio, el explorador Félix de Azara, los virreyes Joaquín del Pino, Pedro Cerviño y Baltasar Hidalgo de Cisneros.


Además, el monumento constaba de una placa de bronce de la Asociación Patriótica Española, fundada durante la Guerra de Cuba y en donde revistaban unos cuantos carlistas, que tenía grabada los nombres de los marinos que acompañaron a Cristóbal Colón en el descubrimiento del Nuevo Mundo el 12 de octubre de 1492, día de la Virgen del Pilar.

¡Feliz día de la Hispanidad!



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viernes, septiembre 21, 2012

Nuevo atentado a la memoria de Hugo Wast

A través de amigos y correligionarios santafesinos nos enteramos hace un tiempo de la intención de quitar el nombre de don Gustavo Martínez Zuviría, mejor conocido por su seudónimo "Hugo Wast", a la calle de la ciudad de Santa Fé de la Vera Cruz que lo recuerda. Es ésta una nueva afrenta contra el gran autor católico argentino, como la acontecida en la ciudad de Buenos Aires cuando le retiraron el nombre a la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional por él creada y al intento de su Córdoba natal.

Traemos a continuación dos cartas enviadas a los diarios santafesinos por dos de los numerosos nietos que tuvo Martínez Zuviría, donde se explican bien los turbios manejos de los "democráticos" y anti-discriminadores para borrar a Hugo Wast de la historia de las letras argentinas que supo honrar.  A los carlistas la figura del gran escritor nos es muy cara, no sólo por sus indudables dotes literarias y ortodoxia doctrinal, sino por sus vínculos con el tradicionalismo hispánico en estas tierras (con  Oller, de Mas, Alcaraz, el P. Marzal, Carbia, el P. Vizcarra, entre otros) y en Europa (incluso con Don Jaime y Don Alfonso Carlos).

Como decía hace tiempo el presidente del comité ejecutivo de la Exposición del Libro Católico, Manuel Outeda Blanco, hablando de lo acontecido en la Hemeroteca Nacional, "en la Divina Comedia, en los pasajes sobre el infierno, el Dante coloca en el lugar más abismal y tenebroso a los desagradecidos". Por eso y por lo dicho antes, desde aquí, sumamos nuestras voces al justo reclamo  de los santafesinos honrados y rechazamos esta nueva afrenta a la memoria de un gran católico argentino.


¿Homenaje o lapidación? Otra vez con Hugo Wast

Gustavo Zenón Sonzini Astudillo (*)

Me acerco a este diario con la intención de hacer conocer a la opinión pública lo heterogéneo del pensamiento en las instituciones de nuestro país. Los días 17 y 18 de agosto de 2012 se llevó a cabo el Primer Congreso Nacional sobre escritores argentinos, en homenaje a Hugo Wast -en el cincuentenario de su fallecimiento (1883-1962)-, organizado por el Instituto de Formación Católica ‘Alfredo Bufano‘ de San Rafael de Mendoza.

Gustavo Martínez Zuviría, -conocido mundialmente como Hugo Wast- fue un novelista cordobés considerado en su tiempo el escritor argentino que más libros vendió en el mundo. Traducido a casi todos los idiomas e incluso a varios dialectos, fue premiado por la Real Academia Española de la Lengua que lo distinguió en 1918 con su premio Quinquenal, diploma de honor, medalla de oro y membrecía, por la publicación de Valle negro. Entre sus numerosos premios y distinciones, fue merecedor en 1926, del Gran Premio Nacional de Literatura Argentina por Desierto de piedra.

El congreso realizado en la provincia de Mendoza tuvo amplia cobertura en numerosos medios periodísticos, con gran repercusión y contó con la participación de grandes figuras del mundo literario de nuestro tiempo. Los que defendemos la obra de este gran escritor, difundiendo su maravilloso trabajo y negando a rajatabla las calumnias que le dedican, sentimos que de alguna manera eventos como éste pueden considerarse como los esperados y merecidos ‘propósitos de enmienda‘ en desagravio de las perversas injurias que pretenden mancillar la imagen de esta figura literaria que llenara de gloria las letras argentinas.

Al día siguiente de clausurado el congreso, el domingo 19 de agosto ppdo., desde la oficina del Distrito Noroeste del Municipio de la Ciudad de Santa Fe, se organizó una volanteada casa por casa con un grupo de vecinos para ‘informar‘ al barrio sobre la iniciativa del INADI para rebautizar una vez más una calle que lleva el nombre del escritor, accionando con el falaz pretexto del supuesto ‘antisemitismo‘ del novelista, y ocultando así sus verdaderos y obscuros motivos. Siete días después obligaron a los vecinos a concurrir a mesas de votación en la esquina formada por las calles Hugo Wast y 12 de Octubre, entre las 9 y las 13 del domingo 26 de agosto de 2012, para que optaran en entre tres nombres para el cambio: Rodolfo Walsh, Pocho Lepratti y Octavio Duarte. Nombres ‘propuestos por los estudiantes‘ del lugar, sin que existiera la opción de mantener la vigencia del nombre actual.

¿Cómo podrían estos estudiantes ‘escrachar‘ la obra de Hugo Wast, que obviamente no conocen, si es más fácil conseguir sus libros en París que en Buenos Aires? ¿se sabe que en nuestro país Hugo Wast está ‘de hecho‘ proscripto? Ahora que se han cumplido 50 años de su muerte y la reedición de sus libros es por tanto de libre albedrío, sus obras abarrotan las estanterías de las grandes librerías del mundo que ven el fantástico resurgir de este escritor y novelista que enalteciera a las letras argentinas y sudamericanas.

Sólo pretendo con estas líneas poner de manifiesto la ambigüedad del accionar de distintas instituciones de nuestro país, ya que en una franca superposición de los tiempos, por un lado se organiza el Primer Congreso Argentino de Escritores en homenaje a Hugo Wast y, por el otro, en simultáneo, a través de un proceder solapado y muy bien orquestado, pretenden una vez más cambiar el nombre de una calle identificada con su seudónimo. Algo parecido había ocurrido en diciembre de 2010 en en barrio Cerro de las Rosas en la ciudad de Córdoba, a instancias de grupos afines a los que ahora impulsan la propuesta en Santa Fe, pero no pasó de un intento fallido y sin mayores consecuencias.

(*) El autor de este comentario es arquitecto y nieto de Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast).

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Para juzgar a Hugo Wast hay que conocerlo.

Prudencio Martínez Zuviría

Con asombro he tomado conocimiento que gente del Inadi, junto a miembros de la Daia, intentan cambiar el nombre de la calle Hugo Wast de esa ciudad [Santa Fe], seudónimo del Dr. Gustavo Martínez Zuviría, mi abuelo.

El año pasado vivimos en las ciudad de Córdoba una historia parecida y con los mismos protagonistas. Tal vez ahora cambien los nombres pero no los grupos. En aquella oportunidad no tuvieron éxito, ya que se pudieron aportar fundamentos que dieron por tierra con las mentiras dichas contra el querido novelista. Lamentablemente esta gente ataca y demoniza la figura de Hugo Wast sin, por lo general, haber leído su obra ni conocer su persona.

Nuestra familia siente y vive a Santa Fe como algo propio, ya que llevamos en nuestras venas sangre de antiguas familias que protagonizaron la historia vieja de Santa Fe. Vayan pues algunos datos.

Gustavo Martínez Zuviría nació en la ciudad de Córdoba el 23 de Octubre de 1883, siendo su padre el prestigioso jurisconsulto Zenón Martínez Cabanillas, de larga trayectoria en su querida provincia mediterránea y que de niño estudiara en el prestigioso colegio jesuítico de la Inmaculada Concepción, en la ciudad de Santa Fe. Allí trabará amistad con otros jóvenes estudiantes que luego alcanzarán notoriedad como escritores y políticos; entre ellos, Juan Zorrilla de San Martín, Miguel Ángel Cárcano y José Gálvez, quien siendo gobernador de Santa Fe invitará a don Zenón a su provincia para que se incorpore a la flamante Universidad de Santa Fe. Martínez aceptará el convite; llegará a viudo y con dos pequeños hijos, y se afincará allí hasta su muerte.

Durante esos años, el conocido jurisconsulto ejercerá tres veces el rectorado de la universidad provincial, y será decano de su Facultad de Derecho. También ocupará los cargos de Defensor de Menores en Rosario y Santa Fe, juez del Crimen, juez en lo Civil y Comercial, camarista, convencional constituyente, diputado, senador y presidente del Superior Tribunal de Justicia de Santa Fe. En ese tramo de su vida, volverá a contraer nupcias con la joven santafesina Margarita Gálvez, hermana de su viejo amigo.

A su vez, la madre de Hugo Wast era doña Carolina de Zuviría, nieta de un ilustre abogado y tribuno salteño, el Dr. Facundo de Zuviría, bisabuelo de Hugo Wast, redactor de la primera Constitución de Salta, senador, canciller, ministro de Justicia e Instrucción Pública y presidente del Congreso General Constituyente que en 1853 sancionó la Constitución Nacional en la ciudad de Santa Fe.

El joven Hugo Wast ingresó al Colegio de la Inmaculada Concepción, como antes lo había hecho su padre. Allí se educó y formó, recibiéndose de bachiller en 1901. Fue designado primer bibliotecario de la Universidad de Santa Fe y, al año siguiente, inició en esa casa la carrera de Derecho. Se recibió de abogado en 1907 y ese mismo año actuó como secretario de la Asamblea Constituyente de Santa Fe. Al año siguiente contrajo matrimonio con la joven santafesina Matilde de Iriondo Iturraspe, y también obtuvo una plaza de profesor en el Colegio Nacional Simón de Iriondo de Santa Fe. Más adelante enseñará la asignatura de Sociología, de reciente creación, en la Universidad de Santa Fe.

Fue uno de los fundadores del Partido Demócrata Progresista en 1914 y al año siguiente integró la fórmula Thedy-Martínez Zuviría que perdió las elecciones provinciales.

En 1916 obtuvo por oposición la cátedra de Economía Política en la Universidad de Santa Fe y fue elegido diputado nacional por esta provincia. Ese mismo año su novela “La Casa de los Cuervos”, que habla de la historia santafesina, ganó el primer premio del Ateneo Nacional.

En 1922 renunció al partido Demócrata Progresista por el carácter anticatólico que había tomado la agrupación, pero manteniendo la gran amistad que lo unió siempre a don Lisandro de la Torre.

En 1923 la Real Academia Española premió con medalla de oro (el máximo premio en lengua española) a su obra “Valle Negro”. Y tres años después el gobierno argentino le otorgó el Gran Premio Nacional de Literatura por su obra “Desierto de Piedra”. Un lustro más tarde, la Real Academia Española lo designó académico correspondiente. También fue nombrado miembro de número de la Academia Argentina de Letras.

Su vasta obra literaria lo convierte en uno de los escritores argentinos más premiados, como asimismo el que más libros escribió y vendió en la historia de las letras argentinas. Sólo en nuestro país vendió más de 3 millones de ejemplares, y otro tanto en los 15 idiomas a los que fue traducido, además de haber sido en su tiempo el escritor más leído en el mundo de habla hispana.

Este abogado católico, que tenía dos doctorados y hablaba varios idiomas, integró muchas instituciones, entre ellas la Academia Colombiana de Letras, fue miembro de número del prestigioso Instituto de Investigaciones Científicas de Madrid, presidente de la Comisión Nacional de Cultura, director de la Biblioteca Nacional durante 24 años (1931-1955). Durante su dirección -que fue la segunda más larga después de la de Paul Groussac-, el acervo literario y documental creció de poco más de 200.000 libros a más de 700.000, con las mejores colecciones. Fue el creador de su hemeroteca.

La gente del Inadi y la Daia lo ataca diciendo que Hugo Wast fue antisemita y nazi por dos de sus novelas: “El Kahal” y “Oro”. Nada más lejos de la verdad y tan próximo a la mentira.

Dichas novelas fueron “prohibidas en la Alemania nazi”, por que sus autoridades no aceptaban que Hugo Wast tratase en sus obras la cuestión judía desde una óptica católica. Es decir, desde un punto de vista bíblico y no racial, como ellos pretendían. La consecuencia de su rotunda negación como católico a aceptar ese planteo, fue su prohibición por los nazis bajo la acusación de que mentía en sus obras. Esto es importante saberlo y decirlo.

Desde Berlín se le informaba el día 3 de Mayo de 1939 lo siguiente (textual): “La obra del Sr. G. Martínez Zuviría 'Oro' traducida por el Dr. Wurschmith ha sido objetada por las autoridades. En consecuencia es imposible editar el libro en Alemania con su actual redacción. Sobre todo la última parte del libro, es contraria a las formas alemanas del problema del judaísmo, que únicamente ha sido contemplado desde el punto de vista de las razas”.

Ante esa situación, el escritor les escribió diciéndoles que no aceptaba bajo ningún concepto que el tema de los judíos fuera tratado como algo racial, ya que él como católico jamás lo podría aceptar de esa forma.

Las autoridades nazis le contestaron otra carta. Allí, entre otras cosas, le decían, (textual): “Berlín, 27 de junio de 1939. Hemos recibido su carta del 3 de junio... Como hilo rojo corre a través de todo el libro la cuestión judía tratada como un problema religioso. Este modo de ver se lo considera actualmente en Alemania como una ‘falsificación’. Nos veríamos obligados a cambiar el libro en todos esos lugares en que se considera al judaísmo una secta religiosa y no como una raza con características indelebles...”.

Gustavo Martínez Zuviría fue condenado y perseguido por haber escrito “El Kahal” y “Oro” bajo el pseudónimo de Hugo Wast, pero lo realmente imperdonable en Hugo Wast a los ojos de sus perseguidores consiste en que el protagonista de esta novela, de origen judío, se convierte al catolicismo.

Hugo Wast no profesaba enemistad hacia los judíos -como sus detractores señalan-, porque eso era inaceptable para un católico practicante como él, sino que combatió a los enemigos de la Iglesia sin temer las consecuencias, porque su fe era fuerte, su amor grande y su coraje admirable.

Lo llamativo es que los que pretenden quitar su nombre de la calle Hugo Wast no mencionan su inmensa obra literaria, ni todo lo que hizo y dio por ésta su querida Santa Fe, ciudad a la que amó y en donde encontró su primer y único amor, una santafesina que le daría trece hijos y casi sesenta nietos.

Hugo Wast, en Flor de durazno, Córdoba, con parte de sus nietos mayores.FUENTE: Página Hugo Wast en Facebook

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jueves, agosto 16, 2012

Juan Marzal: Carlista, jesuita, literato y maestro


Juan Marzal Soler nació en Valencia el 5 de febrero de 1872. Estudió en el Colegio de San José que regenteaban en la clandestinidad los Padres Jesuitas. La Compañía de Jesús había sido expulsada del suelo español y su centenario colegio valenciano, secularizado. En 1870, el Provincial Jesuita de Aragón había enviado a un par de jesuitas, que vestidos de seglar y con apoyo del Marqués de Bellet y otros notables, fundaron en relativo secreto otro colegio.



Tocó al joven Juan Marzal estudiar en los años de la Tercera Guerra Carlista y, entre los católicos valencianos, no faltaban simpatías por la causa de Don Carlos. Se festejaban en forma más o menos secreta los éxitos de las armas legitimistas y, especialmente, se anhelaba la buena fortuna del príncipe Don Alfonso y de sus capitanes en el frente del Este, especialmente en el Maestrazgo y en Castellón, a pocos kilómetros de Valencia.

D. Alfonso y su esposa, Da. María de las Nieves en tiempos de la III Guerra Carlista

En 1890, Juan termina el Colegio y, poco después, el 11 de febrero de 1892, ingresa a la Compañía de Jesús en Veruela (Zaragoza). Cursa las Humanidades y un año de Filosofía allí en Veruela (1894-97).  Posteriormente, enseña en el Colegio del Salvador de Zaragoza (1897-1901). Empezó la Teología en el San Jerónimo de Murcia (1903-05) y la termina en Tortosa (1905-06). El 29 de julio de 1906 es ordenado sacerdote en Tortosa (Tarragona). Enseña Literatura en el Colegio de Zaragoza (1906-07). Hace la Tercera Probación en Manresa y es enviado a la Argentina, a donde llega en Julio de 1908. 

Aquí fue profesor en el Colegio del Salvador en Buenos Aires (1908-11). Sus últimos votos los toma el 2 de febrero de 1909 en esta ciudad. Estuvo, luego, un año en el Colegio San Ignacio de Santiago de Chile. Y, de allí, regresa a la Argentina pero ahora reside en la ciudad de Santa Fe.

El Colegio de la Inmaculada c. 1915, mientras se realizaban las ampliaciones del segundo piso.

En Santa Fe vive casi toda su vida en Santa Fe, siendo profesor de Literatura en el prestigiosísimo Colegio de la Inmaculada Concepción (1913-31). 

Todos los que fueron alumnos suyos coincidían en lo cautivantes que eran sus clases. Fundó allí la Academia Literaria, de la que era "presidente honorario perpetuo", y en la que era un verdadero honor ingresar. 

Fue maestro admirado y querido de Horacio Caillet Bois, Agustín Zapata Gollán, el P. Leonardo Castellani, Carlos María Aranguren, Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast), Alfonso Durán, Francisco Magín Ferrer, entre otros muchos notables de la cultura argentina. 

Mucho quiso al taciturno adolescente Leonardo Castellani. Este, pasaba los recreos leyendo en la biblioteca del Colegio, donde abundaba la literatura tradicionalista y contrarrevolucionaria así como los clásicos del Siglo de Oro español. Marzal y otros profesores jesuitas de la "carlista" Provincia de Aragón guiaron al joven en sus lecturas de Gaspar Melchor de Jovellanos, Juan Donoso Cortés, Jaime Balmes, Ramón Nocedal y Romea, Manuel Tamayo y Baus, Adolfo Claravana, Pedro de Alarcón, Antonio Aparisi y Guijarro, Marcelino Menéndez y Pelayo, José María de Pereda, Juan Vázquez de Mella, el Padre José Francisco de Isla y, por supuesto, Santa Teresa de Jesús. No sólo a través de los volúmenes de sus obras, sino también de los periódicos y revistas que se recibían en abundancia -- publicaciones no sólo "serias" sino también "satíricas" (un género muy cultivado por los publicistas españoles tradicionalistas del cambio de siglo. Algunos conocidos y celebrados versos del Padre son adaptaciones de estas lecturas al ámbito local.)

 
 


Tanto cariño le tuvo Castellani (su biógrafo, Sebastián Randle, considera que el joven Leonardo quiso hacerse jesuita para imitar a su maestro), que muy probablemente los dichos de su "tío, el cura", que aparecen una y otra vez en la obra castellaniana, hayan sido efectivamente inspirados en consejos y reflexiones que Marzal hacía a este niño tan peculiar. La correspondencia con su condiscípulo Caillet-Bois, así parece darlo a entender.

El P. Marzal escribió, además, numerosos ensayos literarios, pero fundamentalmente obras de teatro, como “El crimen de hoy” (con el seudónimo Pedro de Arlanza, 1915), “Verdugo y víctima: Cuadros dramáticos” (también como Pedro de Arlanza, 1916), “La bandera argentina” (1917), “Noche de ánimas” (1918), “El caballero de Dios: San Ignacio de Loyola” (Bs. As., 1923), “Fe y patria: Teatro escolar” (1943), “Estampas de Navidad” (1945), entre otras. 

Su prestigio cruzaba los mares e incluso fue consultado con frecuencia por el poeta y dramaturgo español Juan Antonio Cavestany. Su nombre aparecía cada tanto y con orgullo en las Cartas y Noticias Edificantes de la Provincia de Aragón de la Compañía de Jesús. 

Entre 1925 y 1932, dirigió la revista del colegio, La Inmaculada, que alcanzó un altísimo nivel. 

En 1932 será trasladado a Mendoza, donde fue Superior de las Residencias (1932-34). Luego pasa a Buenos Aires, donde nuevamente y por varios años será Superior de las Residencias (1934-41). 

Ese año ‘41 regresó a Santa Fe, a su querido Colegio de la Inmaculada, siendo Director Espiritual de Alumnos hasta su muerte diez años después. 

Este devotísimo hijo de María, falleció en la Ciudad de Santa Fe el 15 de agosto de 1951, fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María. 

Salvador Cabedo dibujó un retrato del P. Marzal que se conserva en el patrimonio del Museo Provincial de Bellas Artes “Rosa Galisteo de Rodríguez” (Santa Fe). 

Algunos de sus versos fueron publicados en la antología de Veintiséis Poetas Argentinos: 1810-1920 (Buenos Aires: Editorial Universitaria, 1960). En 1964 se estrenó en Bilbao, “Desdén, afición y amor: Drama histórico”, obra póstuma del P. Marzal.





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miércoles, agosto 01, 2012

Anécdota americana



Es sabido que, cuando don Carlos VII visitó la Argentina en 1887, su intención era entrevistarse con algún líder católico local y algunos emigrados carlistas, para, luego, embarcar sin demora hacia Europa. Pero aquí se vio gratamente sorprendido por la hospitalidad y el cariño con que fue recibido, no sólo por los emigrados españoles y dirigentes católicos argentinos, sino también por figuras públicas de ideas totalmente contrarias a los principios del carlismo.

Uno de ellos fue el entonces presidente Miguel Juárez Celman que lo invitó a visitar la Provincia de Córdoba, aún en ese entonces con un aspecto hispánico muy característico. Fue así que, el 18 de agosto, en tren despachado especialmente por Marcos Juárez —hermano del presidente y futuro gobernador cordobés—, partió el Rey legítimo de Las Españas. Lo acompañó parte de su séquito y algunos amigos y correligionarios que encontró en Buenos Aires. El mismísimo Presidente Juárez Celman lo acompañó hasta el andén para despedirlo. Su hermano Marcos también se unió a la comitiva motorizada.

En el trayecto, Don Carlos conocerá la ciudad de San Nicolás, siendo homenajeado por un grupo de veteranos navarros que residían allí, y Rosario, donde aunque intentó pasar desapercibido, provocó un gran revuelo de personas que querían saludar afectuosamente al legendario Rey español en el exilio.

Una anécdota poco conocida fue la acontecida en el mismo tren. Allí fue reconocido por un veterano de la última Guerra Carlista que casualmente viajaba. La conversación fue cordialísima, llena de recuerdos y anécdotas. Los coches de primera clase de aquel tiempo eran grandes salones sin divisiones, corridos de extremo a extremo, y pronto los pasajeros que iban en el mismo vagón se arremolinaron en torno a Don Carlos, el veterano y los miembros de la comitiva.

Fue entonces que se le aproximó un hombre que, no pudiendo contenerse, se presentó como español, confesándose liberal. Es más, recordó haber peleado contra los carlistas, como integrante de los Voluntarios de Castro Urdiales.

En una salida desgraciada de aquel cuerpo, fue que cayó prisionero de los carlistas. Genuinamente interesado, el Duque de Madrid le preguntó cómo había sido tratado por sus captores.

“Perfectamente, señor.” Y agregó: “No tengo más que motivos de gratitud por las atenciones empleadas con nosotros, y me alegro de que esta circunstancia me permita decírselo al señor y manifestar mi reconocimiento.” Finalizó diciendo: “En cuanto salgamos del tren, voy a escribir a Castro-Urdiales, a mi anciana madre, que es carlista decidida, y que llorará de gozo cuando le diga que he hablado con Don Carlos.”

En la estación del ferrocarril en la ciudad de Córdoba, Don Carlos y su comitiva fueron calurosamente recibidos por los dirigentes de la Asociación Católica de aquella provincia, el superior provincial de la Compañía de Jesús (Juan Cherta) y los responsables del diario católico Los Principios.

En fin, una anécdota más del primer viaje de un soberano español (¡y qué soberano!) a las Españas americanas.



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jueves, enero 27, 2011

El presente artículo del prof. Sánchez Parodi fue publicado en la revista Anales de la Fundación Elías de Tejada, Año XV (2009), pp.159-170. Lo transcribimos a continuación debido a la importancia de la investigación, complementaria de la publicada por don Bernardo P. Lozier Almazán, Presencia carlista en Buenos Aires (Buenos Aires: Librería y Editorial Santiago Apóstol, 2002), y por la mala experiencia que hemos tenido en el pasado con la caída de sitios en internet y cortes de enlaces, perdiéndose para siempre interesantes trabajos. Desde ya que no pretendemos violar derechos de autor, por lo que si el autor, la revista, la fundación o quienes sea titulares de los mismos consideran que podríamos estar cayendo en esta transgresión, no tienen más que comunicarse con nosotros a nuestro correo electrónico y procederemos inmediatamente a quitarlo.


Don Horacio Marcelo Sánchez de Loria Parodi es Abogado y Doctor en Derecho por la Universidad Nacional de Buenos Aires y Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra (España). Es profesor de grado en la Universidad del Museo Social Argentino y de postgrado en otras del país y el exterior. Participa anualmente en las Semanas Tomistas de la Sociedad Tomista Argentina y es caballero de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén, entre otras distinciones.


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CARLOS VII EN LA ARGENTINA

Por HORACIO M. SÁNCHEZ DE LORIA PARODI (*)



1. LA LLEGADA

Luego de un amplio periplo hispanoamericano que abarcó Jamaica, Panamá, Perú, Chile y Uruguay, el martes 9 de agosto de 1887 arribó a la ciudad de Buenos Aires Don Carlos María de los Dolores de Borbón y Austria. Éste acompañado por un pequeño séquito fue recibido en el puerto por unos quinientos carlistas exiliados, quienes habían llegado a estas tierras luego de la derrota en la tercera guerra de 1876 (1)

El país cambiaba vertiginosamente por aquellos años al compás de una notable transformación económico-social (2).

Entre 1869 y 1895 la población aumentó más del doble debido a la gran cantidad de inmigrantes que llegaron a estas playas (3), y la ciudad capital dejaba atrás a la gran aldea y se transformaba en una orbe cosmopolita que emulaba a París por sus grandes palacios (4).

La prensa católica destacaba entre el séquito la presencia del padre Francisco Aspiroz, su capellán en la última contienda bélica (5).

El barco que lo transportaba venía de Montevideo adonde había llegado el 5 de agosto, y en donde también había recibido una calurosa recepción especialmente de parte de ex combatientes carlistas radicados en la banda oriental.

El día anterior a su llegada a la Argentina se había reunido con el presidente de la República Oriental del Uruguay, Teniente General Máximo Tejas, y había concurrido al teatro San Felipe en donde saludó al conocido actor español José Valero, quien estaba en una gira por estos países (6).

En Buenos Aires Don Carlos se hospedó en el Grand Hotel, en pleno centro de la ciudad, que pronto se transformó en una verdadera romería, como decían las crónicas periodísticas, debido a la gran cantidad de gente que al

(...) enterarse de su presencia quería tener el honor de saludar al Conde de Breus que con toda amabilidad los recibía (7).

Apenas llegado recorrió las calles de la ciudad, visitó la Catedral Metropolitana, siendo recibido por el Arzobispo de Buenos Aires Federico Aneiros. También estuvo con el Rector del Seminario Metropolitano y con el Superior de la Compañía de Jesús (8).

Por la noche asistió al Teatro Colón a presenciar la opera La Gioconda de Amilcare Ponchielli (9), acompañado por Emilio Lamarca, Leonardo Pereyra y César González Segura. Cuenta la crónica periodística que ni bien se sentó en el palco avant escene de Pereyra todas las miradas confluyeron en él (10).

2. AGASAJOS EN BUENOS AIRES

Al otro día de su arribo un grupo de sacerdotes y laicos españoles representados por el padre Faustino Lamas Rancaño, párroco del Carmen de las Flores, lo homenajearon y le manifestaron su lealtad en un cálido acto.

Tiempo después Don Carlos retribuyó aquél homenaje enviándole su retrato al sacerdote con una amable dedicatoria, que aludía a la hospitalidad de esta tierra, y en la que le recordaba el homenaje del jueves 10 de agosto de 1887 y le enviaba a él y

(...) a los carlistas residentes en esa tierra eminentemente hospitalaria, un afectuoso saludo (11).

El 10 de agosto la Comisión Directiva de la Asociación Católica resolvió brindarle un agasajo a la hora del té (12).

La Asociación Católica era una institución nacida en Buenos Aires en abril de 1883, que se extendió paulatinamente por todo el país, que congregaba a los principales militantes católicos –una minoría desde el punto de vista cuantitativo– que defendían la tradición cristiana en el ámbito público y resistían el avance del laicismo motorizado por el naciente Estado (13).

La presidía José Manuel Estrada y actuaban como vicepresidentes primero y segundo, Emilio Lamarca y Gerónimo Cortés respectivamente.

Estaban en la Comisión Directiva: Pedro Goyena, Alejo de Nevares, Apolinario Casabal, Eduardo Carranza, Enrique Lezica, Juan M. Terrero, Tomás Anchorena y Aurelio Espínola.

La tónica de la institución se ve reflejada en el discurso inaugural que brindó Estrada:

Venimos a alarmar conciencias, a despertar dormidos, a reanimar pusilánimes, a enardecer espíritus, a vincular corazones, a disciplinar para las batallas del Señor ¡generaciones enteras han escondido la lámpara debajo del celemín! Mientras los creyentes han dormido el liberalismo ha velado. Hoy como ayer nos circunda y nos ofrece en signo de paz el beso de Getsemaní... Señores ha llegado la hora de vigilar (14).

Justamente cinco años antes de este viaje, en agosto de 1882, los militantes de Buenos Aires habían fundado el diario La Unión, cuyo lema era Pro Aris et Focis, por los altares y los hogares aludiendo a lo más preciado de la sociedad, que apareció hasta 1890 y en cuya redacción participaron los más importantes dirigentes del momento; la hoja actuaba como órgano de difusión de la Asociación Católica (15).

Al otro día de su llegada el periódico saludaba el arribo del Duque de Madrid a la capital porteña y le auguraba lo mejor.

No era éste el único diario que expresaba el pensamiento ultramontano; existían otros en el interior del país que actuaban coordinadamente como por ejemplo El Porvenir en Córdoba o bien La Esperanza en Salta, El Argentino de Paraná (Entre Ríos), o El Creyente de Catamarca, en tanto representaban a las respectivas asociaciones de las provincias. Todos ellos también lo saludaron calurosamente y le expresaron su bienvenida.

El 14 de agosto La Unión destacaba que

Cada día está siendo objeto de nuevos agasajos el ilustre huésped que tenemos entre nosotros.

La Tribuna Nacional, un diario cercano al gobierno, hacía notar en cambio que si bien ellos estaban en las antípodas de su pensamiento, no podía desconocerse el hecho real de que

(...) no ha mucho tiempo estaba al frente de un pueblo enérgico y valeroso de 40.000 hombres dominando las montañas de la Euskaria, teniendo en jaque los gobiernos de Madrid, el ejército y la armada de España para mantener con ellos una lucha titánica de siete años (16).

El periódico destacaba que los principios que representaba Carlos de Borbón se habían hundido en el polvo de las edades, pero sin embargo su persona

(...) inspira un vivo interés, una punzante curiosidad que lo mantiene siempre erguido en medio de las oleadas de acontecimientos, cambios y transformaciones contemporáneas. Su causa está perdida, el éxito no corona su frente, sus fortunas disipadas, sus caudillos dispersos. Sobre esa cabeza de príncipe batallador fulgura una chsipa de fuego sagrado de nuestros ascendientes: es soñador, idealista, creyente y une a estas potencias del alma el valor heróico que lucha hasta lo imposible para alcanzar el ideal de sus caros fanatismos.

La hoja liberal expresaba el sentir de mucha gente, especialmente de la dirigencia política y cultural que veía atrayante la figura del visitante y de allí la gran expectativa que despertó su presencia en la ciudad, mas allá de que los principios que encarnaba se considerasen anacrónicos, pues habían sido barridos por la modernidad.

De hecho estuvo con el presidente de la República Miguel Juárez Celman, conoció y fue agasajado por muchas familias porteñas, visitó el hipódromo de la ciudad y el vicepresidente de la nación, Carlos Pellegrini, de quien se hizo muy amigo, lo paseó por los lugares céntricos más importantes.

El periódico católico El Argentino de Paraná (Entre Ríos) lo definía como la personificación de la probidad y la virtud, y la redacción de la hoja se asociaba afectuosamente

(...) con los que en celebración del feliz arribo a la Capital Federal han recibido al ilustre Duque de Madrid, al que desean gratísima permanencia, feliz regreso a Europa y dichoso porvenir (17).

Como homenaje a su presencia en el país el diario entrerriano reprodujo la carta que el 4 de julio de 1869 Don Carlos, desde el exilio en París, le enviara a su hermano Alfonso de Borbón, quien estaba peleando en defensa del Papa, en la que exponía los principios de su futuro gobierno (18).

Leandro Pereyra, un verdadero pionero de la agricultura y la ganadería lo invitó a su estancia modelo San Juan (hoy parque provincial Pereyra Iraola) ubicada a pocos kilómetros del puerto, muy cerca de La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires (19). También recorrió esta flamante ciudad –había sido fundada el 12 de noviembre de 1882 por el gobernador Dardo Rocha– y almorzó con el gobernador de la provincia de ese momento, Máximo Paz.

Con alrededor de veinte personas partió desde la estación central a las 10 de la mañana rumbo a la estancia, en la que se vivió una auténtica fiesta familiar. El homenajeado visitó todas las instalaciones y montó a caballo junto a sus amigos. Entre otros estaban Emilio Lamarca, consuegro del dueño de casa, José, Francisco y Rómulo Ayerza, Alberto Serantes y parte de su séquito. Hacia las 4 de la tarde regresaron a la ciudad.

El mismo 14 de agosto a la noche el dirigente católico Emilio Lamarca le ofreció un banquete al que concurrieron prácticamente la totalidad de los militantes de la institución. La prensa refería la presencia del arzobispo Federico Aneiros, Juan Nepomuceno Terrero, José Manuel y Angel Estrada y también del gobernador de la provincia de Santa Fé José Gálvez (20).

Emilio Lamarca era ya en ese momento un destacado intelectual que tendría una larga y variada actuación pública. Tres años antes había sido dejado cesante –como otros tantos dirigentes católicos– de su cátedra de Economía Política en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, a raíz de haberse solidarizado con el Vicario Capitular de Córdoba Jerónimo Clara enfrentado con el gobierno (21).

Al llegar a Buenos Aires Don Carlos se conectó inmediatamente con Lamarca pues en Chile se lo habían recomendado el militante católico Carlos Walker Martínez y su primo hermano Joaquín Walker Martínez (ambos dirigentes conservadores y diputados nacionales en el país trasandino) (22).

El 15 de agosto otro pionero agropecuario de la provincia de Buenos Aires, Domingo Frías amigo de Leonardo Pereyra, también lo agasajó en su estancia ubicada en el pueblo de Mercedes (23).

En principio parece que Don Carlos pensaba volver a Europa el 17 de agosto en el paquete inglés La Plata que lo trasladaría a Southampton (24), pero decidió quedarse unos días más –estuvo unos quince días en total en suelo argentino– debido a la hospitalidad y el cariño que recibió aquí de tanta gente.

Aprovechó entonces para cumplir su deseo de conocer la provincia de Córdoba, tan ligada históricamente a la tradición hispana, a la que partió el 18 de agosto en tren especial que mandó despachar Marcos Juárez, hombre influyente, hermano del Presidente de la Nación, quién a los dos años sería gobernador de la provincia mediterránea (25).

Salieron de la estación de Buenos Aires y en el viaje lo acompañaron algunos amigos, despedidos todos en el andén por el presidente de la República Miguel Juárez Celman (26).

3. VIAJE A CÓRDOBA

En el trayecto de Buenos Aires a Córdoba Don Carlos conoció la ciudad de San Nicolás, en la que fue homenajeado por un grupo de carlistas navarros que vivían allí, y luego visitó Rosario. Una crónica que apareció en el diario La Capital de la ciudad santafesina y que reprodujo El Argentino de Paraná, expresaba que aunque el Duque de Madrid pretendió ser invisible, cuando se lo vio comiendo con Marcos Juárez en el hotel del ferrocarril en donde se alojó por un día, gran cantidad de personas lo saludaron afectuosamente (27).

En la estación de trenes de Córdoba lo esperaban los dirigentes de la Asociación Católica de la provincia encabezados por el vicepresidente Simeón S. Aliaga y el Superior de los jesuitas Juan Cherta, quienes lo acompañaron hasta el Hotel de la Paz, ubicado en el centro de la ciudad.

Allí recibieron la visita de los restantes miembros de la Asociación Católica, quienes lo agasajaron cálidamente.

El Conde de Melgar, secretario de Don Carlos, ha descrito la amabilidad con que fueron recibidos en la provincia mediterránea y la especial diligencia que mostró Marcos Juárez Celman, quien incluso mandó suspender la circulación de los tranvías e incautarlos para uso del visitante y sus amigos (28).

El hermano del presidente y futuro gobernador los agasajó en todo momento a pesar de algún disgusto por la presencia permanente de los dirigentes católicos cordobeses, con quienes debido a sus posiciones políticas no tenía ningún contacto (29).

La comitiva conoció los lugares más importantes de la ciudad, fueron visitados por las autoridades eclesiásticas y el ilustre huésped llegó a jugar a la taba, un característico juego criollo.

El 20 de agosto y horas antes de partir de la provincia, en los salones del Club Social fue homenajeado por los dirigentes de la Asociación Católica. Hizo uso de la palabra Simeón S. Aliaga y respondió al brindis Don Carlos haciendo votos por el progreso de la institución y de Córdoba. El doctor Juan M. Garro le regaló un ejemplar de su libro Bosquejo histórico de la Universidad de Córdoba, publicado cinco años antes.

Luego lo acompañaron a la estación y allí Don Carlos regaló a la Asociación Católica un retrato suyo autografiado como recuerdo de su paso por Córdoba.

El 21 de agosto el diario satírico La Carcajada (30) aludía a que por primera vez por las calles de la capital cordobesa había transitado una persona que si no ostentaba sobre su cabeza la corona de rey de España se debía simplemente a que la suerte le había sido adversa en la guerra, y recordó el almuerzo en que jugó por primera vez a la taba.

Y el 24 de agosto el diario católico El Porvenir redactado por el padre Jacinto Ríos publicó una extensa y laudatoria biografía de Don Carlos, que reprodujeron los demás diarios ultramontanos, como homenaje a su presencia en la región (31).

4. REGRESO A BUENOS AIRES

Vuelto a Buenos Aires Don Carlos continuó su intensa vida social y cultural.

Al otro día, el 22 de agosto, fue el invitado especial a una reunión seguida de baile en la casa de la familia Amstrong-Dose al que concurrieron más de quinientas personas, entre ellas el presidente de la República Miguel Juárez Celman y su familia, el vicepresidente Carlos Pellegrini, Torcuato de Alvear y su familia, la señora del ex presidente (fallecido) Marco Avellaneda, Carmen Nóbregas de Avellaneda, el ex vicepresidente Mariano Acosta (32).

Ya desde diez días antes el diario El Nacional hacía votos para que se realizara esa fiesta, que reuniría decía a toda la sociedad porteña.

El 23 de agosto, víspera de su partida a Europa, el Duque de Madrid ofreció un banquete de agradecimiento a sus amigos de Buenos Aires, al que concurrieron por supuesto su séquito, los dirigentes católicos y también personalidades políticas con las que había tenido un trato afectuoso como el vicepresidente Carlos Pellegrini y Bartolomé Mitre y Vedia, el hijo del ex presidente Bartolomé Mitre (1862-1868) (33).

5. LA ASOCIACIÓN CATÓLICA

Además de ser sus principales anfitriones, los militantes de la Asociación Católica tuvieron una cercanía muy especial con Don Carlos, basada fundamentalmente en el vínculo profundo de la Fe y una cosmovisión cristiana común sobre la vida pública.

La visita del Duque de Madrid representó para ellos un espaldarazo y un aliciente para continuar con ímpetu la lucha política.

Para mejor el cariño que mostró hacia la Argentina, las actitudes, el carácter cálido y seguro de Don Carlos reflejaba un espíritu análogo al de ellos, siempre preocupados para que su pensamiento y su acción no transpirasen ningún tipo de agravio o rencor como decía José Manuel Estrada.

Y así lo hicieron saber a través de los órganos de difusión del grupo, que caracterizaron al Duque de Madrid como un hombre marcado por el sello augusto y misterioso que da la desgracia.

Él es el legítimo representante de la España católica y tradicional. Con él pues estamos estrechamente unidos por los vínculos de la fe, de la raza, de la lengua y de las más gloriosas tradiciones (34).

También expresaron su alegría por compartir en un todo los grandes principios políticos expuestos por Don Carlos en la carta a su hermano Alfonso de 1869, que anticipaban su testamento político de 1897.

Destacaban los militantes católicos argentinos que esos principios fundamentales, adecuándolos a nuestras circunstancias, constituían sus banderas políticas:

Yo no debo ni quiero ser rey sino de todos los españoles, a ninguno rechazo, ni aún a los que se digan mis enemigos, a todos llamo, aún a los que parecen más extraviados y los llamo afectuosamente en nombre de la patria (...), las dificultades son imponderables y no sería hacedero vencerlas sin el consejo de los varones más imparciales y probos del reino, congregando en Cortes que verdaderamente representen todas las fuerzas vivas y todos los elementos conservadores (...). La España antigua necesitaba grandes reformas, en la España moderna han ocurrido grandes trastornos. Mucho se ha destruido, poco se ha reformado. Murieron antiguas instituciones, algunas de las cuales no pueden renacer, Háse intentado crear otras nuevas que ayer vieron la luz y se están muriendo. Con haberse hecho tanto, está por hacerse casi todo. España tiene hambre y sed de justicia, tiene la imperiosa necesidad de un gobierno digno, enérgico, justiciero y honrado (...). España no quiere que se ultraje ni se ofenda la Fe de sus padres (...). España está resuelta a conservar a todo trance la unidad católica, símbolo de nuestras leyes, bendito lazo de unión entre todos los españoles (...). Ama el pueblo español la descentralización y siempre la amó y bien sabes mi querido Alfonso que si se cumpliera mi deseo, así como el espíritu revolucionario pretende igualar las provincias vascas a las restantes de España, todas estas semejarían o se igualarían en su régimen interior con aquellas afortunadas y nobles provincias. Yo quiero que el municipio tenga vida propia y que las tengan las provincias, previniendo sin embargo y procurando evitar abusos posibles (...) Quiero dar a España la libertad que solo conoce de nombre, la libertad que es hija del Evangelio, la libertad que es el reinado de las leyes cuando las leyes son justas, esto es conforme al derecho de naturaleza, al derecho de Dios (...) no era el pueblo para el rey, sino el rey para el pueblo, que un rey debe ser el hombre más honrado de su pueblo como es el primer caballero y que debe gloriarse con el título de padre de los pobres y tutor de los débiles (...) Debemos moralizar la administración, fomentar la agricultura, proteger la industria. Progresar protegiendo debe ser nuestra fórmula (...). La España antigua fue buena para los pobres, no lo ha sido la revolución (35).

El momento que vivían los militantes argentinos no era el ideal: el proceso de secularización se desenvolvía raudamente (36) y sumado a ello las divisiones internas, las discusiones relacionadas con la manera concreta de actuar en la vida pública, las alianzas para enfrentar al oficialismo y la derrota en las elecciones nacionales de 1886 que consagraron la fórmula Juárez Celman-Pellegrini, los habían desgastado notoriamente Tan es así que la Unión Católica, el partido surgido del seno de la asociación para participar en los comicios estaba en franco proceso de disolución (37).

Pocos años después también se irían diluyendo las asociaciones de todo el país.

En 1891 Isaac Pearson, un dirigente de la capital, ensayaba una autocrítica sobre la poco llegada que tenían los católicos a la clase obrera y trabajadora, pero de todos modos sostenía que para esa fecha

No era posible reunir un centenar de hombre en proclamación de los principios católicos. La última citación de la Asociación Católica para visitar los sagrarios el jueves santo no había alcanzado a congregar a catorce personas. No eran ciertamente los únicos católicos de la capital, pero entonces para encontrarlos había que penetrar en los reductos amurallados de la familia (38).

No obstante lo cual siguieron su lucha, es cierto que sin una coordinación muy orgánica, más bien individualmente apoyando luego de la crisis del noventa la administración de Luis Sáenz Peña y posteriormente en 1912 la de su hijo Roque Sáenz Peña.

Desencantados de las luchas electorales, paulatinamente fueron centrando su atención en el plano social, que despuntaba en ese momento con gran virulencia, y también en el mundo de la educación en todos los niveles.

Evidentemente el clima político les fue adverso y por eso siempre tuvieron que optar entre grandes dificultades, lo que por otra parte hizo más meritoria su labor.

La falta de un foco de atracción tradicional que los cobijase, la escasez de maestros y de una escuela formativa actualizada, conspiró también contra su formación integral y una sólida estructuración interna.

6. LA DESPEDIDA

Pero la obra ya estaba realizada y Don Carlos muy agradecido por la hospitalidad de esta tierra se despidió de todos a través de una esquela que publicaron los diarios católicos un día antes de su partida.

Era muy difícil reunir a la cantidad inmensa de personas que había conocido en la Argentina en esos pocos días, por eso optó por ese medio

Sin tiempo para despedirme de las numerosas personas que me han dispensado amable y fina acogida, el que suscribe siente en el momento de dejar esta hermosa capital y su sociedad distinguidísima la necesidad de manifestar públicamente su profundo agradecimiento por tantas bondades, esperando ordenes en el Palacio de Loredan, Venecia, donde tienen su casa (39).

El 24 de agosto dejó Buenos Aires, y se embarcó en el vapor Senegal que se dirigió primeramente hacia el Uruguay para luego partir hacia el Brasil desde donde emprendería su regreso a Europa.

Y estando frente al puerto de Montevideo no pudo olvidar a sus ex combatientes en la última guerra carlista, y les dirigió esta carta a «mis fieles soldados emigrados en el Uruguay y en la República Argentina», que publicaron los diarios católicos con elogiosos comentarios.

Se nota en ella la emoción que lo embargaba al despedirse del Río de la Plata y también el respeto y el agradecimiento a estos pueblos hospitalarios.

No me es posible separarme de vosotros sin que broten de mis labios los sentimientos que embargan mi alma. A vuestro lado he revivido estos días la patria bendita, porque vosotros la lleváis en vuestros corazones, como yo en el mío. Desde el Paraná hasta el Estrecho de Magallanes y desde la Tierra del Fuego hasta el Río de la Plata he recorrido con respeto y asombro el grandioso teatro de las hazañas de vuestros abuelos. Perpetuadores de aquella raza de gigantes, vosotros mantenéis en las repúblicas hispanoamericanas el nombre español a la altura que se merece. Allí donde Balboa y Pizarro, Valdivia y Garay dieron al mundo el espectáculo del mayor heroísmo que han visto los siglos, vosotros dais ahora el de la mayor fidelidad que registra la historia. Gracias mis valientes soldados por los consuelos que de vosotros he recibido. Por donde quiera que he pasado los he oído citar como personificación de todas las virtudes tradicionales de nuestro pueblo: constancia, bravura, honradez, nobleza de carácter, religiosidad. Y el corazón me saltaba de orgullo dentro del pecho recordando que erais los invencibles leones, tantas veces admirados por mí en los campos de batalla. No en vano conserva Dios a España esta reservada gloria al otro lado de los mares.Vuestra presencia y el culto que tributáis a las tradiciones de vuestros padres bastarían para darme la seguridad de que ha de llegar el día de la justicia si por acaso –lo que nunca sucederá– flaquease la fe indominable que abrigo en la restauración de nuestra Patria. No os digo adiós. Espero firmemente veros de nuevo a todos en torno mío. La justicia y la misericordia divina dirán el día. Entre tanto continuad haciéndoos dignos de la hospitalidad que os dan estos pueblos generosos y nobles como hermanos que son vuestros y estad seguros del imperecedero recuerdo que de vosotros llevo. Carlos (40).

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(*) Universidad del Museo Social Argentino.
(1) Lozier Almazán, B., Presencia carlista en Buenos Aires, ed Santiago Apóstol, Buenos Aires, 2002, págs. 21-26.
(2) El notable aumento de la producción agrícola-ganadera, el auge del ferrocarril, si bien con precios garantizados y con una tendencia centralizadora hacia Buenos Aires y Rosario y ciertas industrias ligadas a ellas y la paulatina inserción en el mercado mundial como exportador de materias primas modificaron profundamente la estructura económica. Pero el predominio del positivismo cambió el tono cultural y profundizó el proceso laicista. H.S. Ferns, Britain and Argentina in the Ninetheenth Century, Oxford and the Clarendon Press, Oxford, 1960; E. Gallo, R. Cortés Conde, La república conservadora, ed Paidós, Buenos Aires, 1995.
(3) Según datos de la embajada de España en la Argentina en esos momentos había alrededor de 40.000 españoles residiendo en el país.
(4) Al poco tiempo de abandonar estas tierras del Río de la Plata, el 8 de octubre de 1887 Don Carlos le decía al marqués de Valdespina que en el Río de la Plata había encontrado «la más inaudita prosperidad que registran nuestros tiempos». B. Lozier Almazán, Presencia..., op. cit., pág. 26.
(5) La Unión, 10 de agosto de 1887. En el séquito estaban su secretario Francisco Martín de Melgar y Rodríguez Carmona, el oficial José María de Orbe y Gaytan de Ayala, vizconde de Orbe y el teniente coronel médico Clemente de Coma y Forgs.
(6) También actuó en la provincia de Córdoba pocos días después de que estuviera allí el Duque de Madrid. La Prensa, 9 de agosto de 1887.
(7) La crónica aludía a la figura amable y de arrogante porte de Don Carlos. La Voz de la Iglesia, 11 de agosto de 1887.
(8) Lozier Almazán, B., Presencia...op.cit., pág. 22.
(9) La opera basada en el drama Angelo tirano de Padua de Víctor Hugo, había sido estrenada por primera vez en la Scala de Milán el 8 de abril de 1876.
(10) El Nacional, 10 de agosto de 1887.
(11) Lozier Almazán, B., Presencia, op. cit., pág. 23.
(12) La Unión, 10 de agosto de 1887.
(13) Existía desde tiempo antes un Club Católico, pero esta nueva institución se proponía organizar más sistemáticamente a los militantes en todo el país teniendo en cuenta la situación social y pretendía además participar activamente en los procesos electorales. De hecho la asociación organizó el primer congreso de los católicos argentinos en agosto de 1884 y fundó la Unión Católica, un partido que entre 1885 y 1886 intervino en diversas elecciones. Hemos tratado con más detenimiento este tema especialmente en: El pensamiento jurídico-político de José Benjamín Gorostiaga, ed Quorum, Buenos Aires, 2006, y El pensamiento jurídico-político de Tristán Achával Rodríguez, ed Quorum, Buenos Aires, 2009.
(14) Junto a la Asociación Católica en Buenos Aires existió también la Sociedad Juventud Católica nacida en 1881 por iniciativa de Luis Gonzaga Repetto de extensa actuación a lo largo de cuarenta años. La Sociedad fundó también un pequeño periódico La Esperanza que se publicó durante casi treinta años, en donde militaron varios actores de la época. También existía la Sociedad San Vicente de Paul, de fines caritativos, pero en la cual militaban la mayoría de los personajes del ochenta. N. T. Auza, Católicos y Liberales en la generación del ochenta, Buenos Aires, 19, págs. 162-166.
(15) En el mismo año apareció La Voz de la Iglesia, órgano oficioso del Arzobispado de Buenos Aires, cercano a la hoja de los militantes laicos, pero dedicado a brindar más informaciones religiosas que políticas.
(16) La Tribuna Nacional, 9 de agosto de 1887.
(17) El Argentino, 13 de agosto de 1887.
(18) El Argentino, 10 de agosto de 1887.
(19) Leonardo Pereyra (1834-1899) fue un verdadero pionero de la industria ganadera en la Argentina. Entre 1855 y 1858 recorrió varios países europeos estudiando la cría y la cruza de ganado. Introdujo en el país animales de pura raza como el Shorthorn y el toro Niágara, el primer Hereford. Importó además equinos, ovinos y una serie de animales exóticos. También fue un gran coleccionista de arte y estuvo relacionado a la naciente industria ferroviaria. C. Sesto, La vanguardia ganadera de fines del siglo XIX, 1856-1900, Buenos Aires.
(20) La Unión, 14 de agosto de 1887.
(21) Sánchez de Loria Parodi, H. M., El pensamiento juridico-político de Tristán Achával Rodríguez, Buenos Aires, 2009, pp 188-193.
(22) La Unión, 10 de agosto de 1887. Emilio Lamarca había nacido en Chile en la ciudad de Valparaíso en 1841, a raíz de que sus padres se habían exiliados por su oposición a Rosas. Lmarca se radicó en Buenos Aires en 1880. El diario La Prensa del mismo día hacer referencia a que también los chilenos le habrían hablado de Leonardo Pereyra, consuegro de Lamarca (María Teresa Lamarca hija de Emilio estaba casada con Leonardo Pereyra (h).
(23) Estos productores eran amigos de su colega chileno Francisco Undurraga, en cuya estancia había estado el Duque de Madrid. Como Undurraga era uno de los socios más antiguos del Club de la Unión de Santiago de Chile, allí organizó un banquete para el ilustre visitante. M. Peña Muñoz, Cafés literarios en Chile, Ril editores, Santiago de Chile, 2002, pág. 91; G. Salazar, J. Pinto, Historia contemporánea de Chile, Santiago de Chile, 1999, pág. 69.
(24) La Unión, 10 de agosto de 1887. Ese día, el diario católico de Buenos Aires dedicó su editorial a saludar la llegada de Don Carlos a la Argentina, subrayando que compartían con el ilustre huésped los principios fundamentales sobre la política.
(25) Un maestro suyo, el padre Cabrera, había visitado Córdoba porque pensaba que era descendiente del fundador Jerónimo Luis de Cabrera y le había contado anécdotas sobre la provincia. E Bischoff , «Don Carlos de Borbón en Córdoba», Desmemoria, año 7, n.º 25 (2000), pág. 156.
(26) El Argentino, 20 de agosto de 1887.
(27) Ibíd.
(28) Lo invitó a un asado criollo y le hizo probar la mejor comida cordobesa. E Bischoff, Don Carlos..., op. cit. pág. 160.
(29) Ibíd., pág. 161.
(30) Fundado por Armengol Tecera en 1874.
(31) Bischoff, E., Don Carlos..., op. cit., pág. 162.
(32) El Nacional, 22 de agosto de 1887.
(33) La Nación, 24 de agosto de 1887.
(34) El Argentino, 24 de agosto de 1887.
(35) El Argentino, 10 de agosto de 1887.
(36) Tres años antes se había dictado una ley nacional de educación común que por primera vez eliminaba a la religión como materia formativa y ya se discutía la ley de matrimonio civil que sería sancionada un año después.
(37) A los tres años ocurriría un levantamiento cívico-militar contra el gobierno que forzó la renuncia del presidente Miguel Juárez Celman y su reemplazo por el vicepresidente Carlos Pellegrini, quien completaría el período de seis años hasta 1892. Los católicos participaron en la revuelta y formaron parte en la primitiva Unión Cívica, el movimiento que aglutinó a todos los opositores al régimen.
(38) Auza, N. T., Aciertos y fracasos sociales del catolicismo argentino, tomo I, Buenos Aires, 1987, pág. 23.
(39) El Argentino, 3 de septiembre de 1887.
(40) La Voz de la Iglesia, 27 de agosto de 1887.





Fotografía de Carlos VII y su mujer en la tapa del periódico carlista argentino El Legitimista Español.

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viernes, diciembre 24, 2010

Deseos


Todos los que hacemos el portal Carlismo Argentino

queremos desear a nuestros

correligionarios, amigos, simpatizantes, visitantes y curiosos

una muy feliz y santa Navidad.



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martes, noviembre 23, 2010

Invitación recibida


El Pbro. Dr. Francisco Baigorria y la comunidad parroquial invitan a la celebración de los 300 años de la construcción de la iglesia de San Ignacio de Loyola, en la Ciudad de Buenos Aires, reapertura y bendición de las obras de restauración. Solemne Misa presidida por el Sr. Cardenal S. E. R. Mons. Jorge Mario Bergoglio, S. J., arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina. La cita es el sábado 27 de noviembre a las 20.00 horas, en la esquina de las calles Bolívar y Alsina. Acompañará el Grupo Canto Coral, director Néstor Andrenacci.
Quienes hacemos Carlismo Argentino hacemos extensiva esta invitación a todos nuestros correligionarios y amigos. En esta histórica iglesia sucedieron importantes hechos históricos para la vida de la Ciudad de Buenos Aires y de la Argentina, tanto en el período monárquico como en el republicano. Asimismo, aquí ocurrieron también hechos relacionados al carlismo argentino.
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jueves, octubre 21, 2010

Adherimos e invitamos


Se invita a las familias a la celebración de Cristo rey, que tendrá lugar, Dios mediante, el sábado 30 del corriente --víspera de dicha fiesta, según el calendario litúrgico tradicional de la Santa Iglesia romana-- en la sede de FAMINAT (San Martín y Riccheri - Bella Vista), consistiendo la reunión en un almuerzo a la canasta, en cuyo transcurso el Dr. Luis E. Roldán disertará acerca del sentido de la misma en la actualidad.

Octubre de 2010

Confirmar a de_ruschi@yahoo.com.ar ; juan@lagalaye.com.ar ; german.rocca@yahoo.es


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viernes, octubre 15, 2010

Los peligros del liberalismo económico

Reproducimos a continuación una carta de lectores que enviara nuestro colaborador E. T. a la revista tradicionalista Ahora Información en respuesta a una reseña del libro La fatal arrogancia del economista liberal Friedrich A. von Hayek que publicó dicha revista en su nº 102. Por razones de espacio, la carta fue publicada en forma reducida en el número siguiente de dicha revista. Por el interés que despierta, la publicamos a continuación completa.

Buenos Aires, marzo de 2010.

Señor Director

Revista Ahora Información

De mi mayor consideración,

Grande fue mi sorpresa al leer en el último número de vuestra prestigiosa revista tradicionalista una nota laudatoria para con F. A. Hayek bajo la excusa de una reseña bibliográfica. Entiendo que el tradicionalismo, a diferencia de las ideologías, no es una doctrina sectaria y, por eso, puede muy bien descubrir “semillas de verdad” en donde sea que se exponga un pensamiento. Incluso, comprendo que, muchas veces, estas ideologías, mientras nos acompañan en un trecho del camino, pueden tener formas de exponer la verdad que nos enriquezcan. Así, un tradicionalista puede descubrir, escondido entre mucha “paja”, verdadero “trigo limpio” en alguna de las obras de la Escuela Austríaca de Economía, uno de cuyos principales referentes fue Hayek. Podremos citar, entre las últimas publicaciones, los estudios históricos de Hoppe o los que sobre la ética de la emisión de moneda ha dado a luz Hülsmann. Entiendo, finalmente, también que, en el espacio de una columna, el autor de una reseña no tenga lugar para mayores disquisiciones. Sin embargo, no lo podemos dejar pasar pues aprovecha esa columna para hacer una serie de afirmaciones que me merecen algunos comentarios. Amicus Plato

Comienza la notícula excusándose por traer a mentas a un autor “que se autodenominaba liberal”. Pero, a renglón seguido, se lo corrige póstumamente como “conservador” sobre la base de la definición que de esta ideología hizo Russell Kirk. Sin entrar en detalles sobre las reales posibilidades de un conservadorismo culturalmente protestante y revolucionario de Kirk y los suyos que fuera tan bien criticada en nuestro medio por Rubén Calderón Bouchet (“El conservadorismo anglosajón”, Verbo, edición argentina, nn. 332-333, mayo-junio de 1993, pp. 69-88), es al menos sospechoso que, en una revista tradicionalista, se haga elogio de un “conservador” por ser meramente tal – sabiendo las reminiscencias que esta palabreja trae a un carlista.

A continuación la reseña afirma que este libro de Hayek sería “una defensa de la tradición y de la religión para explicar el orden libre que siempre defendió frente a los totalitarismos”. Primero habría que ver qué “orden libre” fue el que Hayek siempre defendió frente a los totalitarismos. En segundo lugar, si este orden hayekiano tiene alguna coincidencia con el orden natural y cristiano que defendemos. Y, finalmente, si realmente el libro éste, entendemos que las citas elegidas son ejemplificativas del mismo, defiende qué tradición y qué religión.

No deseo abusar de su benevolencia mi estimado Señor Director ni de sus lectores, en el que caso en que llegara a publicarse esta carta, por lo que intentaré ser breve para exponer cada uno de estos puntos, trayendo referencias donde puedan indagar aquéllos que quieran profundizar.

Respecto a la libertad, dice Hayek casi citando a Rousseau, “nuestra fe en la libertad no descansa en los resultados previsibles en circunstancias especiales, sino en la creencia de que, en fin de cuentas, dejará libres para el bien más fuerzas que para el mal” (Los fundamentos de la libertad [Madrid: Unión, 1975], p. 58). En el que es quizá su libro más conocido, Camino de servidumbre (Madrid: Alianza, 1985), hace una glorificación del individualismo, cuya esencia define como “el reconocimiento del individuo como juez supremo de sus propios fines [y] la creencia en que, en lo posible, sus propios fines deben gobernar sus acciones” (p. 90), recordando las posturas más cínicas y duras de Spencer. Sin olvidar, aprobando a Tucker, cantar loas al egoísmo, “ese motor esencial de la naturaleza humana” (Los fundamentos…, p. 92), o a la desigualdad económica, cuya falta haría “imposible” el progreso económico (Los fundamentos…, p. 71).

Hasta aquí algunas ideas características de Hayek. Queda por analizar si estos conceptos son compatibles con los de la tradición cristiana. En ese sentido, sabemos en buena escolástica que la libertad puede definirse como una potencia, una capacidad para algo, pero que en el hombre, ese algo está delimitado por el bien. Es decir, se es libre para hacer el bien; para practicar la virtud; nadie es libre en el vicio, sino esclavo. Por lo tanto, no puede haber verdadera libertad cuando uno actúa motorizado por el egoísmo. En el mismo sentido, pero visto desde otra perspectiva, la libertad es un punto de llegada y no de partida: haciendo el bien se es libre; no es que por ser psicológicamente libre que uno hace el bien (¡menos aún en un estado de naturaleza caída!). Si los trascendentales son entre sí intercambiables, lo mismo que Nuestro Señor dice de la verdad (la verdad os hará libres), podríamos predicarlo del bien.

Como se puede apreciar, las diferencias entre una concepción y la otra son radical y esencialmente distintas. Aún cuando puedan coincidir en la crítica de los regímenes totalitarios, más o menos evidentes, las posiciones desde donde se lanzan las críticas son diferentes… y lo mismo, los remedios para poner fin a esos males.

Queda finalmente analizar si este libro, en base a las citas escogidas, significa una rectificación, aunque más no sea tácita, de las ideas sostenidas con anterioridad. ¿Estaba Hayek transitando su camino de Damasco?

¿Es “la visión religiosa según la cual la moral está determinada por procesos que nos resultan incomprensibles” (y que Hayek considera más acertada, aunque sus esquemas le parezcan “científicamente infundados”), es – decíamos – la visión de la Iglesia? Bien sabemos que esta idea de una moral irracionalista y fideísta, sostenida únicamente sobre argumentos historicistas, poco tiene que ver con la Tradición viva de la Iglesia, bien expuesta en la doctrina de los Papas y sus mejores doctores. Esta postura un tanto caricaturesca, que nos recuerda al primer Lamennais, tiene a lo sumo el gusto del pensador que llegado el fin comienza recién a comprender que sólo sabe que no sabe y que su ideología y sus utopías se desmoronan ante lo que no puede explicar con su porción de ciencia.

Y llegados a este punto, regresamos al comienzo. El tradicionalista puede abrevar en distintas fuentes, delimitado únicamente por la evidencia de lo que las cosas son, pero no es justo que, por querer ganarse a “los hombres de buena voluntad”, termine siendo negligente al profundizar en la verdad que ha recibido. Podemos buscar “semillas de verdad” tanto en Hayek como en Keynes o Marx, pero no al precio de desconocer la riquísima tradición de pensamiento económico, social y político cristiano. No negamos que quizá las formas, los ejemplos, los esquemas, puedan necesitar actualizaciones o mejoras; pero ellas siempre surgidas del amor y no del desprecio, del reconocimiento de aquéllos sobre cuyos hombros descansamos.

A continuación reproducimos como imagen la reseña que motivó esta réplica (pinchar en ella para agrander y leer).



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viernes, octubre 08, 2010

Las curiosas relaciones de una familia tradicional porteña con el Carlismo

Simón Pereyra (†1852) era hijo de Leonardo Pereyra de Castro (emigrado a la Argentina en 1767) y de María Mauricia Arguibel (argentina, hija del comerciante Felipe de Arguibel, descendiente de conquistadores). Su hermano mayor, Juan Manuel, había fallecido en el combate del Retiro durante las Invasiones Inglesas. Su padre murió siendo sus hijos aún niños, dejando a su madre en situación económica complicada. Asimismo, era primo hermano por parte de madre de doña Encarnación Ezcurra, la esposa de Juan Manuel de Rosas.

Desde muy joven, Simón trabajó como empleado en la tienda de Manuel Arrotea y por su habilidad y dedicación terminó siendo socio y, luego, único propietario de la misma. Militó en el Partido Federal y fue quien dio trabajo como costureras a la viuda e hijas del Coronel Dorrego. Con la renta de su comercio y, especialmente, como principal abastecedor del Ejército rosista, Simón adquirió dos barcos para comerciar con Europa y campos en Tandil, Balcarce, Ayacucho, Quilmes, Ramallo y Tandileufú, algunos en sociedad con Prudencio Ortiz de Rozas, el hermano del Restaurador, y adquiridos a los indios, fervientes rosistas. En 1850, Juan Rita Pinto de Ximénez, viuda de Pedro Capdevila, vende a Simón Pereyra la estancia “Las Conchitas” cerca de la actual ciudad de La Plata.

Desposó a Ciriaca Iraola, hija del vasco Martín Iraola y María Francisca Brid, que vivía con sus hermanos en casa de los Pereyra. Con ella tuvo 6 hijos. Don Simón fallece dos años después, en 1852.

En su propiedad es que tiene lugar la batalla de Caseros el 3/II/1852, y dos de sus descendientes, María Antonia y María Luisa Pereyra Iraola, donaron la casa y el famoso palomar, junto a 10 hectáreas de campo, al Estado nacional, donde hoy se encuentra el Colegio Militar de la Nación.

Leonardo Higinio Pereyra (1834-1899) fue el único hijo superviviente de Simón Pereyra y Ciriaca Iraola. Bajo la tutela de su tío José Gerónimo Iraola tras la muerte de su padre, viajó a Europa en 1852 para conocer la actividad agrícola del Viejo Continente, y posiblemente para escapar de las represalias contra los rosistas. En 1857, cerca de Liverpool adquiere el toro reproductor “Defiance” y la vaca “Coral”, ambos de la raza Shorthorn, y que trae a la Argentina, dando origen a su cabaña modelo de cría. Cinco años después, importa el toro “Niágara”, de la raza Heresford. Contrata al paisajista belga Carlos Vereecke para adornar el casco de la Estancia “San Juan” con un parque estilo inglés. Casó con su doble prima María Antonia Iraola, hija de José Gerónimo Iraola (hermano de su madre) y de Antonia Pereyra (hermana de su padre).
A pesar de su condición de “clerical a ultranza”, fue amigo de Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Carlos Casares, Carlos Pellegrini y otros prominentes liberales.

Cuando en agosto de 1887, Don Carlos de Borbón y Austria-Este, luego de un largo periplo americano, llegaba a Buenos Aires, Leonardo Pereyra lo invitó a su estancia “San Juan”, a la que se trasladó en un tren especial y arribó el jueves 11, con su séquito y un grupo de amigos —entre ellos, el vicepresidente Carlos Pellegrini—. Se trató de una verdadera fiesta campera que incluía la cacería de avestruces. Unos días después, Emilio Lamarca, en ese tiempo diputado y consuegro de Leonardo Pereyra, le ofreció un banquete al que asistieron el Arzobispo de Buenos Aires y José Manuel Estraba.

Fallecido Leonardo Pereyra, quien había manifestado su deseo de “construir en sus tierras [una] capilla dedicada al Sagrado Corazón de Jesús”, en 1904, su viuda Antonio Iraola y sus 6 hijos, comenzaron los aprestos para la construcción de la misma en la zona oeste de lo que hoy es el barrio de Barracas. La obra estuvo a cargo del Ing. Rómulo Ayerza, hijo de un veterano carlista. El 10 de junio de ese año fue bendecida la piedra fundamental. En sólo cuatro años y sobre un terreno anegadizo, que solía ser inundado en cada Sudestada cuando crecía el nivel del Riachuelo, se construyó un enorme templo, junto a un convento y escuela, ocupando toda una manzana. Frente a la majestuosidad externa de la iglesia, la nave es sobria y amplia, con inmensos rosetones y un bellísimo altar. La familia equipó el templo con el que es aún uno de los mejores órganos de la ciudad de Buenos Aires. El templo fue consagrado por Mons. Gregorio Ignacio Romero, obispo auxiliar de Buenos Aires y capellán de la Juventud Carlista de Buenos Aires, el 16 de agosto de 1908. Ese mismo año, se inauguró un colegio anexo, confiado a los sacerdotes de la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús de Betharram (Padres Bayoneses). Semejante iglesia mereció que el 22 de noviembre de ese mismo año, el Papa San Pío X la agregara a la Basílica Patriarcal de San Pedro en Roma, y, años después, el 24 de mayo de 1939, el Papa Pío XII la designó basílica menor. La basílica se encuentra actualmente en la Av. Vélez Sarsfield, entre Av. Iriarte y California, en el barrio de Barracas, Ciudad de Buenos Aires.




Por su lado, la famosa Estancia “San Juan” fue dividida entre los 6 hijos de Leonardo y María Antonia. El mayor, Leonardo Pereyra Iraola, obtuvo el sector del casco, el parque y la cabaña de cría, que conservaron el nombre. El otro varón, Martín, y las cuatro hermanas mujeres darían origen con sus porciones al nacimiento de otras estancias: “Santa Rosa”, “Abril” y “Las Hermanas”.

Leonardo Rafael Pereyra Iraola (1870-1943) era el hijo mayor de Leonardo Pereyra y Antonia Iraola. La casa de sus padres contenía una nada despreciable colección de pintura europea original, que atraía a los hombres más importantes de la época, sean políticos, literatos o artistas, y con los que aún de niño conversaba y aprendía. Se graduó de abogado en la Universidad de Buenos Aires, al tiempo que pasaba largos períodos en la estancia familiar aprendiendo los rudimentos de la ganadería. Junto a su padre, fue militante de la Asociación Católica de Buenos Aires.

Al morir su padre, Leonardo Pereyra, el Dr. Pereyra Iraola se hizo cargo de la Estancia “San Juan”, como se dijo, y, mediante las mejores técnicas agropecuarias, la convirtió en quizá la mejor explotación del país. También, como su padre, fue personaje fundamental de la Sociedad Rural Argentina.

Pero, simultáneamente, siguió con su profesión de abogado y hombre público. Como otros miembros del Club Católico, fue uno de los fundadores de la Unión Cívica, y luego siguió a Leandro N. Alem en la fracción que se denominó Unión Cívica Radical, formando parte de la Convención Nacional de 1897 y, posteriormente, de su Comité Nacional. El famoso Jardín de Florida, desde donde se dio comienzo al movimiento revolucionario de 1890, era propiedad de su familia y fue ofrecido por Leonardo.

Así, fue electo diputado nacional en las primeras elecciones realizadas bajo la Ley Sáenz Peña (1914-18). El presidente Hipólito Yrigoyen lo designó vocal del directorio del Banco de la Nación y de la Caja de Conversión. Asimismo, fue miembro fundador de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria desde 1910 hasta su muerte. Estaba casado con María Teresa Lamarca, hija del famoso líder católico Emilio Lamarca, y tuvo con ella 10 hijos.

Martín Pereyra Iraola era el otro hijo varón de Leonardo Pereyra y María Antonia Iraola. Fallecido su padre, quedó como propietario de la Estancia “Santa Rosa”, a la que, en 1904, le realiza mejoras sustanciales. El paisaje es compuesto según los modelos franceses del siglo XIX, y en 1918 comienzan las mejoras edilicias que seguirán durante más de 40 años.

La familia se extiende en numerosas ramas y los vínculos con el Carlismo se pierden. Pero, como recordaba Arturo Jauretche (por ejemplo, en El medio pelo en la sociedad argentina), los Pereyra Iraola se destacaban de entre los miembros de la clase alta por su catolicismo sincero; incluso, comenta en tono de sorna, los varones de la familia eran famosos no sólo por su piedad religiosa (en tiempos donde lo común era que la religión fuese cosa de mujeres), sino también por su castidad.

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