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domingo, junio 22, 2008

Recuerdos que podrían haber sido dichos al arribar a Buenos Aires

[Tomado de la excelente bitácora Libro de Horas y Hora de Libros.]

Cuando todos creían que nos habían derrotado en Vergara, yo sabía que volveríamos a levantarnos en armas. Y más temprano que tarde, volveríamos a los caminos. Hablaban de "un abrazo", pero eso era mentira: el abrazo solo se lo dieron el Ayacucho y el Traidor Maroto: Maldita alma de Maroto, en el infierno arda. A cuántos hombres no vimos caer, llevándose la mano al pecho para besar el bendito escapulario. Dejaron viudas, huérfanos desamparados. Y creían que nos gustaba la guerra, que teníamos una insaciable sed de sangre: "facciosos" nos llamaban los papeles del Estado, ellos nos llamaban así, ellos... los renegados de España. No queríamos la guerra, bien lo sabe Dios nuestro Señor. Éramos cristianos viejos, y amantes de la paz: Pero ¡esa paz! Esa paz fundada sobre una traición... ¿cuánto tiempo pensaban los extranjeros que duraría esa paz en España? Cuando tuvimos que regresar a nuestros hogares, no podíamos bendecir la paz pues por una traición fuimos vendidos como vacas en una feria de San Miguel. Ni Roma pagó traidores -recuerdo haber aprendido del preceptor de Gramática; tampoco España, que por cristiana vale más que todos los imperios paganos, puede pagar con amor la paz de los mercaderes.
Y cuando regresamos al pueblo: vencidos, con la cabeza gacha. Llegados a casa, nos aseamos. Salimos a la calle, y los niños nos miraban como a extraños. "-¿Quién es ese zagal?" -preguntábamos. "-El niño de tu novia...". Así era, que la novia con otro se nos había casado. Fuimos a la Plaza de la Victoria, quisimos entrar en el convento de los Padres Mínimos. La puerta trincada, y preguntamos: "-¿Y los frailes?". "-A los frailes los aventó Mendizábal". "-Maldita alma de Mendizábal, flamasón y judiazo". Los frailes ya no vivían en el convento. Cuando a Madre se lo contamos, nos decía: "-Ya no hayy quien vele por las tumbas de los abuelos, ¡qué tiempos, Dios Santo, qué tiempos tan revueltos!". Y supimos que un rico de la Rioja, amigo del Ayacucho, había comprado el convento y en casa morada suya lo había convertido.

El pueblo estaba lleno de forasteros así. Arribistas, agiotistas, espabilados que corrieron para allegar tierras a cuatro reales y medio, mientras gritaban: "Constitución o muerte"... Pero, por desgracia, no murieron. Si hubiéramos ganado nosotros, hubieran gritado: "Dios, Patria y Rey", falsos aprovechados y convenencieros. Y hasta en la cara de algún viejo liberal, natural del pueblo, de aquellos ilusos del Trienio, pude ver la tristeza y el desengaño, cuando, encontrándome en la calle, me apartó y, mirando a un lado y otro pues no quería que conmigo lo vieran, me dijo:

-Servilón le llamaba yo a tu padre, y ahora esta plaga de forasteros ha llenado el pueblo. Se pavonean por sus dineros, y liberales se llaman; pero tú y yo sabemos que no son ni liberales ni de aquí: son ricachones forasteros. Jomío, qué vergüenza... Si hubiera llegado a saber yo...

Las cosas habían cambiado mucho. En las noches de verano nos sentábamos a la puerta de la casa. Madre, con sus achaques, la vecina Carmen y Amador. Me pedían que les contara la de Orbaiceta, y la de Majaceite, pero Madre siempre salía en mi defensa y les decía a los vecinos: "Dejadlovos, dejadlovos... Para qué rememorarse de esas fatigas... Ya pasó, ya pasó...". Y yo miraba al cielo estrellado, de astros rutilantes, y decía a Carmen y a Amador, aprovechándome de la sordera de Madre: "He visto caer más hombres que estrellas hay en el firmamento, y todos ellos están ahora en los Ejércitos de Dios el Señor de los Ejércitos".

En la campaña de la aceituna. Cuando, gracias al primo Damián, podía echar unos jornales, íbamos al Cortijo de la Deseada. Y allí, sí, por las noches hacíamos menos crudos aquellos inviernos, y contaba como un veterano la de Orbaiceta, y la de Majaceite y también la noche triste de Luchana. Y cuando cesaba de relatar aquellas briegas, quedábamos todos en suspenso. En el cortijo, a la vera del llar estábamos, y, en el silencio, miraba las ristras de ajos, morcillas y chorizos: ganas me daban de echarlas a la talega, coger la escopeta y otra vez echarnos al monte... Ya veríamos quién ganaba esta vez.

Y los años fueron pasando, en un quiero pero no puedo. Pero muchos de los zagales que mis historias oyeron, ya mozos, otra vez las escopetas cogieron y al campo, al campo se fueron. "¿Cuándo te vas?" -decían en la plaza a un motilón, el hijo de la Dolores. "Muy pronto pondremos la cruz en el Calvario, que ya está llegando el carro a la posada... Y dando el Cristo en un verbo tendremos Rey, que las naciones no se gobiernan con reinas." Nunca los oían los ricos, pues los ricos no salían de sus "conventos". Y esa es mi gloria, que muchos me oyeron. Que los niños que ayer fueron, hoy son mozos despejados que otra vez al monte, como las cabras, han tirado. Ya no tengo yo años, para acompañarlos, pero frente al Sagrario estoy, Señor, rezando. No los dejes de tu mano. Hoy como ayer, y mañana como hoy... Que nunca deje España de tener hombres que sepan que hay cosas que defender, que no se puede estar en la casa, como un calzonazos, mientras los lobos con piel de cordero se comen a las gallinas de nuestro corral. Como alimañas que son, así hay que tratarlos. Y si pocos somos, Señor, envía tus Santos Ángeles para exterminarlos.

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